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Hacia la Luz Primera |
Ulises ha regresado otra vez a su origen después de la guerra y de la tempestad. Desde los campos de sal y de sangre. Ulises regresa siempre. Él es la nostalgia ancestral, el camino largo, la búsqueda del paraíso dejado atrás. La flecha de trayectoria circular que a sí misma se persigue. La vida que transita hacia la Vida. La infinita sed de pisar de nuevo la recordada isla humeante, su columna blanca y vertical. Allí donde arde perenne la hoguera de una infancia sin nombre, sin gaviotas y sin alta mar. Donde las manos del amor tejen infatigables un manto para la desnudez. Isla amada de olivares y valles estrechos, de cielo inmenso, de luz inagotable. Aquella luz es el imán más poderoso, el faro más alto y seguro. Meridiana luz cenital del antiguo día, que aún espera impoluta y cándida. Luz que ciega y pone oscuridad en todos los agobiantes gigantescos monstruos de la travesía. En los fantasmas ingrávidos emergentes de las vinosas ondas. En los sueños efímeros y dolorosos. En el espectáculo vil de playas sólo teatrales. Luz que nace del abismo y rescata de los tentáculos infernales, de los interminables pasillos negros. Luz que conduce y purifica. Luz de belleza salvadora que empequeñece al viajero y lo transforma en su propia plenitud, después de anonadarlo. Luz del ojo del cielo. Luz seductora de Ítaca, fin de las lágrimas en islas y mares ajenos
Vicente Cristóbal |