Merecer el hogar

Hace años, cuando aún se cantaba en las casas, la mujer que colgaba la ropa al ritmo de una canción no estaba exactamente en su casa: estaba en la canción. Cantar, y oír cantar, es rememorar otro lugar, una experiencia de regreso. ¿A dónde? El lugar nunca es exacto, pero sí la necesidad de volver. En la canción residen los movimientos del alma que crean el tránsito a otro lugar.

Regresamos a las estancias de la emoción, allí donde el sentimiento y su recompensa coinciden antes de que el silencio los separe. Gil de Biedma lo expresó con opaca melancolía: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos / aunque a veces nos guste una canción».

Con La luz de Itaca, Elies ha compuesto un ciclo de canciones que reproduce las contrariedades del regreso. El protagonista es un guerrero, vencedor de Troya, ahora convertido en civil. Su hombre es Ulises, alguna vez se hace llamar Nadie, pero todos lo reconocemos en el desconocido que habita la canción. Ha conquistado una fortaleza y todavía no sabe, antes de emprender el viaje, que el regreso también es una recuperación. El viaje será medido por los inconvenientes, las calamidades, las postergaciones. Viajar no es trasladarse de una ciudad en ruinas a la satisfacción del hogar, sino proveerse de experiencias para merecer el hogar.

Antes de Penélope están Circe, Calipso y Nausica, y antes de Itaca el airado Poseidón y lestrigones y cíclopes. Quien conquistó una ciudad tiene ahora que esforzarse en conquistar su nombre, su identidad, en reconocer su condición. No ser un héroe: ser un hombre. Y sólo en Itaca está la luz que refleja su imagen no falsificada. George Steiner lo ha dicho de otro modo: «Somos criaturas con una gran sed, obligados a volver al hogar, a un sitio que nunca hemos conocido».

Francisco Solano

Otros textos:

La Luz de Itaca - Consuelo Martín
Itaca - Ángel García Galiano
Hacia la Luz Primera - V. Cristóbal


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